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Senderismo Valsequillo descubre la memoria viva de La Gomera de la mano de Juan Hernando

Una ruta de 16 kilómetros entre Arure, el Parque Nacional de Garajonay y Las Hayas culminó alrededor de la mesa de Doña Efigenia Borges

Senderismo Valsequillo completó una nueva jornada por La Gomera en una caminata en la que el paisaje compartió protagonismo con la historia, las tradiciones y la memoria oral de la isla.

La ruta, guiada nuevamente por el gomero Juan Hernando, partió del entorno de la Ermita de la Virgen de la Salud, recorrió la zona del embalse de Arure, el Mirador de Risquillos de Corgo y distintos senderos del monte, con buena parte del recorrido adentrándose en el Parque Nacional de Garajonay, antes de alcanzar Las Hayas.

El recorrido registrado alcanzó los 16,2 kilómetros, con unos 621 metros de desnivel positivo, en una jornada catalogada como de dificultad alta.

De camino a Chipude con los muertos a hombros

Uno de los relatos más singulares de Juan Hernando llegó al recordar cómo se organizaban antiguamente los entierros en la zona.

Antes de disponer de cementerio propio, los fallecidos eran trasladados hasta Chipude por los antiguos caminos de La Gomera. Según explicó el guía, el cuerpo era transportado sobre una estructura de palos semejante a una escalera.

Pero quizá lo más llamativo era que las familias no disponían necesariamente de un ataúd propio.

La comunidad utilizaba cajas mortuorias compartidas: una oscura para los adultos y otra blanca, de menor tamaño, para los niños.

Una vez cumplida su función, quedaban nuevamente disponibles para el siguiente entierro.

Aquellas cajas se guardaban en un lugar conocido como la Cueva de La Campana, donde permanecían protegidas y preparadas para volver a ser utilizadas.

Juan Hernando señalaba el lugar mientras relataba una forma de organizar la muerte difícil de imaginar hoy, pero perfectamente comprensible en una sociedad con muy pocos recursos y en la que buena parte de la vida se resolvía de forma comunitaria.

Hasta el ataúd era un bien compartido por el pueblo.

Con el paso del tiempo y gracias también al dinero procedente de la emigración a Cuba, la población pudo disponer de cementerio más cerca y evitar aquellos largos desplazamientos.

Agua, presas y la memoria de Santa Azucena

La caminata fue también un recorrido por la historia del agua en esta parte de La Gomera.

Juan Hernando fue señalando distintas presas y explicando la enorme importancia que estos depósitos tuvieron para la agricultura y para la supervivencia de las comunidades rurales.

En ese contexto apareció también la historia de Santa Azucena, una joven de Arure a la que la tradición popular atribuye distintos prodigios.

Entre los relatos transmitidos de generación en generación figuran cosechas de cebada que se recuperaban inesperadamente, panes que no llegaban a quemarse y otros episodios que forman parte de la memoria oral de la zona.

No se trata tanto de discutir la literalidad de aquellas historias como de comprender el lugar que ocuparon durante generaciones en la cultura y las creencias populares de los habitantes de Arure.

Garajonay, una clase de naturaleza en movimiento

Una parte importante de la jornada discurrió por el Parque Nacional de Garajonay, permitiendo al grupo adentrarse en uno de los grandes tesoros naturales de Canarias.

Allí Juan Hernando fue convirtiendo el camino en una auténtica clase al aire libre.

La laurisilva no es un bosque formado por una sola especie, sino un complejo ecosistema de monteverde en el que aparecen diferentes comunidades vegetales dependiendo de factores como la humedad, la orientación o la altitud.

Durante el recorrido fueron apareciendo laurel, viñátigo, faya, brezo y numerosos helechos, especies muy ligadas al paisaje del monte gomero.

Más allá de los nombres, la caminata permitió comprender algo que acompañaría toda la jornada:

el monte nunca fue solamente paisaje.

Durante generaciones fue alimento, refugio, combustible, medicina, sustento para los animales y una parte fundamental de la economía doméstica.

La jara, el queso y los sabores del monte

Otra de las explicaciones giró en torno a la jara y a sus usos tradicionales.

Juan Hernando recordó cómo determinadas plantas del entorno se empleaban para aportar aromas y sabores a productos de la cocina rural, especialmente durante los procesos de elaboración o conservación del queso.

También habló de las creces, frutos utilizados antiguamente como recurso alimenticio, que podían secarse y conservarse durante el invierno.

Según relató, llegaron a tostarse y molerse para elaborar una bebida parecida al café e incluso se mezclaban con cereales destinados al gofio.

Son pequeñas historias que permiten entender cómo la población aprovechaba prácticamente todo lo que ofrecía el territorio.

Cuando el helecho también quitaba el hambre

Especialmente interesante resultó el relato dedicado al helecho.

El guía explicó cómo se empleaba para alimentar a los cochinos y también para conservar papas y otros productos agrícolas.

Pero en los momentos de mayor necesidad llegó incluso a formar parte de la alimentación humana.

Según recordó, determinadas partes del helecho se preparaban, secaban y molían hasta obtener una harina con la que posteriormente se elaboraban tortas.

No era una cuestión gastronómica, sino de supervivencia.

Historias como esta permiten mirar de otra manera el bosque de Garajonay: aquello que hoy contemplamos principalmente como patrimonio natural fue durante siglos un auténtico recurso vital para quienes habitaban alrededor del monte.

Un minuto para escuchar Garajonay

En uno de los puntos del recorrido se propuso algo mucho más sencillo que cualquier explicación.

Pararse.

Cerrar los ojos.

Guardar silencio durante un minuto.

Y escuchar el parque.

El viento, las hojas, los pájaros y todos esos sonidos que muchas veces pasan desapercibidos cuando caminar se convierte solamente en llegar de un punto a otro.

Fue uno de los momentos más sencillos y, al mismo tiempo, más especiales del recorrido.

Las Hayas y una mesa con mucha historia

El final de la jornada reservaba otro de los grandes momentos del día.

El grupo llegó a Casa Efigenia, en Las Hayas, donde pudo compartir parte de la tarde con Doña Efigenia Borges, todo un referente de la gastronomía y la cultura popular gomera.

Allí esperaba, entre otros productos tradicionales, su conocido potaje de berros.

Más allá de la comida, el encuentro permitió compartir conversación, recuerdos y unos versos cantados por los componentes del grupo.

Efigenia representa precisamente buena parte de aquello que Juan Hernando había ido explicando durante toda la caminata: una forma de vida ligada a la tierra, al aprovechamiento de los recursos locales y a la transmisión de conocimientos entre generaciones.

Y para terminar, el lenguaje que atraviesa barrancos

La jornada todavía guardaba una última lección.

Familiares de Efigenia explicaron al grupo algunas características del Silbo Gomero y realizaron una demostración práctica transformando mensajes hablados en silbidos.

Entre ellos, un saludo dedicado a los visitantes:

“Buenas tardes, señores. Bienvenidos a casa de Doña Efigenia. Que Dios les dé salud a todos”.

El Silbo Gomero forma parte desde hace años de la enseñanza en los centros educativos de la isla, contribuyendo así a que este singular lenguaje continúe pasando de generación en generación.

Y posiblemente ahí estuvo el mejor resumen de la jornada.

Senderismo Valsequillo caminó esta vez algo más que 16 kilómetros.

Caminó por el Parque Nacional de Garajonay, entre antiguos caminos funerarios, historias de emigración, presas, plantas utilizadas para sobrevivir, leyendas transmitidas de generación en generación y un lenguaje capaz de saltar de un barranco a otro.

Una jornada de senderismo, sí, pero sobre todo un recorrido por la memoria viva de La Gomera.

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