Maricarmen: cuando la deshumanización política cruza todos los límites

Cuando un partido y sus dirigentes pierden el norte, no pierden solo ellos: perdemos todos

Primero la desacreditaron.

Después la insultaron.

Difundieron dudas y falsedades sobre su patrimonio, la convirtieron en objeto de burla política y llegaron a utilizar expresiones xenófobas para ridiculizar su situación.

Y cuando Maricarmen murió, con 87 años, apenas dos semanas después de haber sido desahuciada, llegó la última imagen de toda esta historia: representantes públicos que ni siquiera quisieron levantarse durante un minuto de silencio.

La Asamblea de Madrid no celebró oficialmente ese homenaje. En el Ayuntamiento de Madrid tampoco fue convocado por el Gobierno municipal y, cuando PSOE y Más Madrid guardaron ese minuto, representantes del PP y Vox permanecieron sentados.

Ese recorrido resume por sí solo lo ocurrido.

Primero se intentó destruir su imagen. Después se discutió incluso el gesto mínimo de respeto tras su muerte.

La campaña contra Maricarmen

Maricarmen Abascal dejó de ser tratada simplemente como una mujer de 87 años que intentaba permanecer en su vivienda.

Durante semanas se construyó alrededor de ella el retrato de una supuesta aprovechada o privilegiada.

Circularon afirmaciones sobre 250.000 euros en el banco y miles de acciones, difundidas sin pruebas y negadas por su defensa.

Pero la campaña fue más allá.

Vox utilizó la expresión “Si se llamara Morocarmen, tendría casa”.

Iván Espinosa de los Monteros la calificó de “jeta”.

Un concejal de Vivienda del PP en Benalmádena llegó a insultarla gravemente antes de pedir disculpas.

Isabel Díaz Ayuso ironizó públicamente sobre el caso preguntando a partir de qué edad podría dejar de pagar para sumarse a una manifestación de inquilinos.

No estamos hablando simplemente de discrepancias sobre una ley.

Estamos hablando de convertir a una anciana en objetivo político.

Y después murió

Maricarmen falleció cuando todavía se buscaba una solución que pudiera permitirle regresar mediante un alquiler asequible.

Su muerte ofrecía una oportunidad muy sencilla para separar la batalla política de la humanidad más elemental.

Un minuto de silencio.

Nada más.

No significaba apoyar una determinada Ley de Vivienda.

No significaba respaldar al Sindicato de Inquilinas.

Ni siquiera significaba aceptar la interpretación política de la izquierda.

Solo significaba levantarse durante sesenta segundos ante la muerte de una mujer de 87 años.

Y ni siquiera eso fue posible.

¿Instrumentalización o respeto?

El argumento del PP fue que no quería contribuir a la “instrumentalización” política de la muerte.

Pero la pregunta es inevitable:

¿qué se instrumentaliza levantándose durante un minuto ante una persona fallecida?

Porque antes de su muerte sí hubo mensajes, insultos, burlas y acusaciones.

Y después, cuando solo quedaba guardar silencio, algunos decidieron que hasta ese gesto era demasiado.

Cuando se pierde el norte, perdemos todos

Se puede defender el derecho de un propietario.

Se puede cuestionar una regulación del alquiler.

Se puede criticar al Gobierno por utilizar políticamente un caso.

Todo eso forma parte del debate democrático.

Pero llamar “jeta” a una anciana desahuciada, difundir datos no acreditados sobre su patrimonio, utilizar expresiones xenófobas o convertir su situación personal en objeto de escarnio pertenece a otro terreno.

Y ahí está el problema.

Cuando un partido y sus dirigentes pierden el norte, no pierden solo ellos: perdemos todos.

Pierde la política.

Pierde el respeto institucional.

Y pierde una sociedad que empieza a aceptar como normal que una persona sea triturada públicamente porque se ha convertido en símbolo de una causa incómoda.

Maricarmen ya es un símbolo

Quienes intentaron desacreditar a Maricarmen pretendían evitar precisamente eso.

Que se convirtiera en un símbolo.

Pero quizá consiguieron lo contrario.

Hoy Maricarmen ya no es solamente la mujer que fue desahuciada.

Es también la mujer a la que insultaron.

La mujer sobre la que circularon bulos.

Y la mujer ante cuya muerte hubo representantes públicos que consideraron que levantarse durante sesenta segundos era hacer política.

Al final quedarán dos imágenes.

La de Maricarmen saliendo de su casa.

Y la de quienes, después de todo, decidieron seguir sentados.

Entradas relacionadas